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ISSN 1989-4163

NUMERO 81 - MARZO 2017

Provocando Arcadas

David Torres

Milo Yiannopulos, la estrella más brillante de la ultraconservadora plataforma Breitbart, -su ex director Steve Bannon fue el jefe de campaña de Donald Trump- ha caído de la cúspide de su fama después de viralizarse un video en que, así, como sin querer, se puso a defender la pederastia. Entre otras cosas, le daba las gracias al sacerdote que lo violó de niño, porque así le enseñó a hacer buenas mamadas. Si lo hubiera dicho Ricky Gervais, habría tenido más gracia. El dilema del humor se parece bastante al de la escritura: el hecho de saber escribir no hace de ti un escritor, del mismo modo que el hecho de conocer un chiste no te convierte en humorista. Para patinar sobre el alquitrán del humor negro sin mancharse y sin salpicar al público se requiere el talento y la sangre fría de un esquiador de primera clase. Por desgracia para él y para sus fans, Yiannopulos está muy lejos de esa definición. Más bien -por el modo en que predica que los homosexuales vuelvan a los armarios, las feministas a la cocina y los musulmanes a la Edad Media- entra de lleno en el apartado de los gilipollas. En España ya lo habrían nombrado tertuliano profesional y le habrían dado dos programas de radio.

A Yiannopulos lo definen como un provocador, un término que se emplea con un sentido inequívoco, cuando en realidad no lo tiene. Hay provocadores transitivos e intransitivos, los hay que intentan agitar nuestra modorra mental y los hay que intentan únicamente revolver las aguas. Los hay que provocan inquietud, pasmo, sorpresa, reflexión, y los hay que provocan asco. Distinguir unos de otros no es tan sencillo como parece, aunque el sentido del humor funciona como guía la mayoría de las veces. Confíe en el ángulo de la comisura de sus labios y en el dolor de sus mandíbulas. Al sentido del humor, no obstante, le ocurre lo mismo que al sentido común: es el menos común de los sentidos. Es cuestión de práctica y de afinar el oído. Cuando un chiste negro, macabro o de mal gusto me tuerce la boca hacia abajo en lugar de hacia arriba, abro en dos el chiste y casi siempre me encuentro algo podrido dentro. El fondo es la forma y viceversa.

Es tan evidente que da hasta vergüenza volver a explicarlo. Muchos grandes maestros del humor han hecho de la provocación un instrumento para denunciar injusticias, señalar absurdos o despertar conciencias. En España tuvimos a Gila, que era capaz de bromear con su propia ejecución (“Me fusilaron mal”) y que se inventó un pueblo español y muy español donde las bromas consistían en electrocutar a un inocente o en reventar una piedra a cabezazos: “Señora, si no sabe aguantar una broma, váyase del pueblo”. Gila fue una rara avis dentro de la risa hispánica, un genio al que nadie siguió la corriente porque era inimitable y cuyo monólogo sobre la guerra ha quedado como una pieza cómica magistral del pasado siglo. Yo escribí una novela sobre Gila atrapado en la guerra de Ifni, disfrazado de caqui entre paracas y legionarios, y el humor negro brotaba a cada párrafo, sin que tuviera que esforzarme mucho, porque aquella España de 1957 era ridícula, tragicómica, esperpéntica pero, sobre todo, negra, muy negra.

Entre los cómicos anglosajones, la noble tradición de llevarlo todo al límite se mantiene hasta nuestros días con tipos como Louis C.K., Eddie Izzard o Ricky Gervais y tipas como Sarah Silvermann; gente que sigue ahí, soplando un fuego en cuyas llamaradas también ardieron Lenny Bruce, Andy Kaufman, Richard Pryor o George Carlin. Aunque ninguno llegó a quemarse tanto, tan rápido y tan completamente como Bill Hicks, un verdadero peligro público que provocaba un incendio cada vez que abría la boca. No había línea roja donde Hicks no se atreviera a pisar, del sexo a la religión y de la Casa Blanca a Oklahoma, aunque lo hacía con un salvajismo y una elegancia que está a años luz de las cagadas de Yiannopulos. No es cuestión de ideología: Paramount Channel está petado de monologuistas de izquierdas que se levantaron una mañana pensando que tenían gracia, mientras que Tip era más de derechas que el código de circulación y llorabas de risa con sólo verle la dioptría de las gafas. El día siguiente al 23 F comentó por la radio que estaba paseando con su mujer por Valencia y le extrañó ver los tanques por la calle: “Tate, qué pronto han montado este año las Fallas”. En Estados Unidos Stephen Colbert se fabricó un personaje de presentador republicano tan perfecto que engañó a todo el mundo, incluido a sí mismo. “Si usted no está asustado” decía, “es que no estoy haciendo bien mi trabajo”.

Gervais contaba un chiste irresistiblemente infame sobre la pederastia para ver cuán lejos podía llegar sin que lo lincharan. Sarah Silvermann aleccionaba a una sobrina suya que creía que Hitler había matado a sesenta millones de judíos y ella le preguntaba qué diferencia había entre seis millones y sesenta millones: “La diferencia, jovencita, es que sesenta millones sería imperdonable”. Al final de su vida, cuando ya estaba olvidado de todos, Richard Pryor abrió una página web donde lo primero que aparecía era su cara de viejo que le gritaba al visitante curioso: “¡No estoy muerto, hijo de puta, todavía no estoy muerto!” Bill Hicks dijo que el tipo que había matado a John Lennon era un paleto además de un asesino: “Si vas a matar a un músico, al menos ten un poco de buen gusto; yo te llevo a casa de Kenny Rogers”. Sí, sólo es cuestión de talento.

Milo

 

 

 

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